Documentales
Once Upon a Time in Harlem: la fiesta que esperó 50 años para llegar al cine
En 1972, William Greaves filmó una reunión con las leyendas del Renacimiento de Harlem. Su hijo terminó la película medio siglo después y hoy llega a los cines con críticas unánimes.

En 1972, el cineasta William Greaves organizó una fiesta en la casa de Duke Ellington en Harlem. Invitó a las figuras vivas del Renacimiento de Harlem, entre ellas el pintor Aaron Douglas, el escritor Arna Bontemps, el músico Eubie Blake y el fotógrafo James Van Der Zee, y la filmó. Greaves consideraba ese día el evento más importante que había capturado con su cámara.
El material se quedó sin terminar durante cincuenta años. Ahora, con el título Once Upon a Time in Harlem, llegó a los cines de Estados Unidos de la mano de Neon.
Una película terminada por un hijo
Después de la muerte de su padre, David Greaves volvió a esas latas de película y completó el montaje. El resultado, firmado por los dos, se estrenó en la sección Premieres del Festival de Sundance en enero y luego pasó por la Quincena de Cineastas de Cannes, donde fue nominado al Ojo de Oro, el premio al mejor documental del festival. Neon compró los derechos para Estados Unidos tras una puja entre distribuidoras.
La crítica la ha recibido con unanimidad poco común: 100% de reseñas positivas en Rotten Tomatoes y 93 en Metacritic.
Quién era William Greaves
Greaves fue uno de los pioneros del cine documental afroamericano. Produjo y presentó Black Journal, uno de los primeros programas de televisión pública hechos por y para la comunidad negra en Estados Unidos, y dirigió Symbiopsychotaxiplasm: Take One, una película experimental de 1968 que hoy se estudia como una de las obras más radicales sobre el propio acto de filmar.
Once Upon a Time in Harlem tiene algo de ambas cosas: es un registro histórico y, al mismo tiempo, una reflexión sobre la memoria de una comunidad que se cuenta a sí misma.

Una imagen de Once Upon a Time in Harlem. Foto: Neon
Lo que nos toca a nosotros
Este estreno es un recordatorio de algo que cualquier documentalista caribeño debería tener presente: el archivo no espera. Las latas de película se dañan, los discos duros fallan y las personas que pueden identificar a quién aparece en cada plano se van.
La República Dominicana tiene su propia memoria cultural guardada en lugares que casi nadie revisa: grabaciones de músicos, fiestas, programas de televisión y películas caseras que retratan décadas de vida en el país y en la diáspora. Rescatarlas no es nostalgia. Es una forma de hacer cine, y como demuestra la familia Greaves, puede llegar a los festivales más importantes del mundo.
A veces el documental más importante de tu carrera ya fue filmado. Solo falta terminarlo.
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